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martes, 02 de diciembre de 2008
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Leyenda sobre el origen de la Yerba Mate

Leyenda Guaraní

 

Yasí, la luna, miraba llena de curiosidad  desde su cielo oscuro los bosques profundos con que Tupá, el poderoso dios de los guaraníes, había recubierto la tierra, y su deseo de bajar hasta el bosque se iba haciendo cada vez más ardiente.
Entonces Yasí llamó a Arai, la nube rosada del crepúsculo, y le dijo:

leyenda_mate.jpg

- ¿Quieres bajar conmigo a la tierra?

Arai, la dulce compañera de la diosa, se quedó asombrada del extraño deseo de Yasí.
Pero ésta siguió apremiante:
 

- Sí. Ven conmigo, Arai.
Mañana por la tarde dejaremos el cielo azul y nos meteremos por el bosque, entre los altos árboles.

- Pero todos sabrán lo que hemos hecho; al llegar la noche notarán tu ausencia.

Yasí sonrió mientras sus ojos brillaban burlonamente.

- Sólo las nubes, tus hermanas, lo sabrán. Las llamaré, les pediré que vengan veloces y apretadas.
Cubrirán todo el cielo y nadie sabrá nuestra aventura.

Las palabras de Yasí convencieron a la nube rosada, y al atardecer del día siguiente, dos hermosas doncellas paseaban por el bosque solitario, mientras negras y densas nubes amenazaban la tierra con su aspecto tormentoso.

Yasí miraba entusiasmada los árboles, que ofrecían sus frutos olorosos; las ramas susurrantes, movidas por el viento; el verde de las hojas, casi blanco cuando ella se acercaba.

Yasí sintió bajo sus pies desnudos la húmeda suavidad de la yerba, y vió su hermoso rostro lunar reflejado en las aguas profundas de los ríos.
Yasí y Arai eran felices en su correría a través del bosque; pero sus cuerpos se iban fatigando.

Caminaban en la noche oscura dejando a su paso una sombra de luz.
A lo lejos, en un claro del bosque, vieron una ruinosa cabaña, y hacia ella se encaminaron para buscar un poco de reposo, pues, aunque eran diosas en su morada celeste, sentían el cansancio bajo la forma de doncellas.
De pronto, sus aguzados oídos sintieron el leve chasquido de una ramita al quebrarse.

Yasí volvió su rostro radiante hacia aquel lugar, y su luz iluminó a un jaguar, un yaguareté que se abalanzó sobre ellas a la vez que quedaba deslumbrado por la repentina luminosidad. Las dos doncellas no tuvieron tiempo de perder su forma corpórea, pero si de hacerse rápidamente hacia un lado, mientras el jaguar fallaba en su ataque.

Después vieron como un hombre, de edad avanzada, pero con instinto y experiencia de cazador, venía en su auxilio y luchaba con el yaguareté.
El bosque quería ofrecer a las dos diosas una última y singular aventura.

Aquel hombre sabía esquivar diestramente su cuerpo de las garras del jaguar a la vez que le hundía su cuchillo repetidamente: sin embargo, no parecía por eso llevar ventaja sobre el animal.

Con un esfuerzo nada común se lanzó por última vez sobre el yaguareté; la hoja del cuchillo brilló un momento en el aire y cayó pesadamente sobre la cabeza del jaguar, que quedó separada del cuerpo.